noviembre 25, 2020

Feminismo, antes y después de la pandemia. [ por Verónica Matus ]

Primera Piedra – Verónica Matus, abogada – 13 julio 2020

El 8 de marzo del 2020 las feministas chilenas celebrábamos en todas las ciudades del país. En marcha, canto, baile, caminamos libres y contentas en una gran fiesta multitudinaria en el centro de Santiago, Valparaíso, Concepción. Y una semana después llegó el COVID19 que hasta hoy nos tiene relegados en casa, en cuarentena, en conversas y encuentros a través de la pantalla del computador.

El feminismo es un movimiento político plural que en los últimos cincuenta años ha cambiado la mirada sobre el mundo, con sus propuestas prácticas y teóricas que cuestionan las categorías del pensamiento económico y político que sustentan un orden de género. La historia de los feminismos da cuenta de la complejidad y profundidad de la opresión /dominación de las mujeres y para encararlo reconoce que en el proceso y las acciones están las posibilidades de afectar al sistema patriarcal.

La revolución del movimiento feminista surge de las aspiraciones de libertad colectiva y compartida, del respeto de las diversidades, del deseo de justicia social y simbólica y de una gran capacidad de autogestión, creatividad, energía organizativa, visión y flexibilidad. El camino es el encuentro entre/con/de mujeres que nos hace significativas entre nosotras. Así, llegamos a ser/estar feministas en una práctica que entrelaza teoría y activismo y de ahí surgen las teorías que inspiran la acción y el movimiento del movimiento. En síntesis, el feminismo es y hace política de la vida cotidiana, por eso es también imaginación, pasión, irreverencia, rabia, sueño.

La vida cambió en confinamiento. Vamos de una habitación a otra, entre el quehacer doméstico y el trabajo, asegurando la carga del celular y el computador. Necesitamos permiso para hacer las compras y visitar a familiares. El tiempo se reordenó y la libertad también.

El aislamiento, el distanciamiento social y el trabajo desde la casa son medidas realistas solo para quienes podemos hacerlo. Para la gran mayoría, no es posible, el hacinamiento en las viviendas, el frío del invierno y para que mencionar la falta de conectividad y la brecha tecnológica y las desigualdades de cada día. Y como sabemos, la pandemia tiene un efecto diferenciado sobre las mujeres y las disidencias sexual que viven la pobreza y la violencia, las migrantes.

Las medidas de aislamiento rompen las cadenas de producción, distribución y consumo, conducen a una profunda crisis política y económica mundial. Las dificultades de los Estados para abordar la catástrofe sanitaria son abordadas en lo político con medidas de control y en lo económico, con medidas paliativas para enfrentar el desempleo de trabajadoras(es). Vemos como a lo largo del territorio surgen ollas comunes e iniciativas de acción organizadas y en su mayoría gestionadas por mujeres.

Las feministas, llevábamos tiempo en las calles. Denunciando la precarización de la vida, la desigualdad de acceso y los deficitarios presupuestos para la salud y la educación, la precarización laboral, el reparto desigual en las tareas del hogar, las brechas entre lo urbano y lo rural y las múltiples formas de violencia. Presenciamos la instalación una campaña “contra la ideología de género” en Chile y otros países de la Región que cuestiona los avances en materias legales que garantizan derechos de las mujeres y las personas LGTBI y, al mismo tiempo, cuestionan las políticas públicas en su consideración de la igualdad de género, los derechos sexuales y reproductivos, el aborto, la educación sexual y el matrimonio igualitario, señalando que la responsabilidad es del movimiento feminista y de la disidencia sexual.

En Chile, en el estallido del 18 de octubre del 2019, junto a los movimientos juveniles, las feministas movilizaron el deseo político de DIGNIDAD. Ni gobiernos ni partidos reconocieron las denuncias de violencia y abuso levantadas por las jóvenes en el mayo feminista del 2018, tampoco los reclamos de ambientalistas ante la impunidad de proyectos mineros, energéticos, entre otros, tampoco en las protestas locales de Freirina y Coyhaique y antes en el movimiento de los Pingüinos. Las nuevas propuestas, miradas, formas de organización, prácticas y discursos de las feministas y otros actores se encontraron con las medidas de control del orden público de los gobiernos y los partidos políticos no comprendieron.

El COVID 19 deja en evidencia la importancia del cuidado, base de lo colectivo, la incapacidad de los Estados. Así, para salir de la pandemia es necesario pensar libremente, volver a imaginar otros modos de relacionarse, terminar con jerarquías, un modelo que no sea el lucro, el consumo, la competencia, la acumulación. Las feministas aprendimos que capital y patriarcado van juntos, sabemos que no hay un punto a partir del cual se derrumba toda la arquitectura jurídico político del Estado patriarcal, sabemos que es necesario estar presente en todos los espacios.

El feminismo, como ningún otro movimiento político plantea la necesidad del cuidado de lo social para buscar soluciones colectivas desde la acción política que cuida la vida. La política de la vida cotidiana pone al centro a las personas, debate y dialoga para construir con-vivencia colectiva en el planeta. Y por eso persistimos, resistimos y seguimos actuando con la certeza que tenemos mucho que aportar. En los movimientos de cambio social y político, hay muchos comienzos. Y en el planeta hoy, como dice la filósofa Rosi Braidotti: “necesitamos una transformación radical, siguiendo las bases del feminismo, el antirracismo y el antifascismo»

 

Fuente: http://www.revistaprimerapiedra.cl/PDF/2020/07/pp-891_13-07-2020.pdf