noviembre 25, 2020

¿Sabe usted qué es el hacinamiento? [ Primera Piedra ]

Primera Piedra – 13 de julio 2020

Coronavirus en Chile: el mundo paralelo que se vive en las megatorres de Santiago donde no rige la cuarentena”. Así tituló Paulette Desormeaux Parra, su artículo para la BBC que desnuda un mundo que las autoridades reconocieron no conocer y que se ha usado ampliamente en este artículo.

Un edificio en la comuna de Estación Central con 774 familias y 10 residentes contagiados con coronavirus. En un departamento de 30 metros cuadrados mantener la distancia con los demás habitantes no es fácil: los pasillos son estrechos, hay pocos ascensores y en la enorme torre de 32 pisos viven más de dos mil personas.

La mayoría en el edificio que relata P. Desormeaux son migrantes venezolanos, profesionales que llegaron a la céntrica comuna de Estación Central, atraídos por los precios y las facilidades legales que las corredoras les dan para arrendar esos pequeños departamentos en torres gigantes que se construyeron donde antes había un puñado de casas antiguas.

En solo dos años, el municipio de Estación Central aprobó la construcción de 75 edificios, de entre 30 y 43 pisos de altura, sin ningún límite de densidad, es decir, sin ninguna regulación sobre cuántos departamentos podían construirse en esa superficie. El alcalde Delgado critica el hacinamiento pero es responsable de los permisos de construcción en la comuna.

En estos edificios los ductos de la basura se repletan y se atascan frecuentemente y no se cuenta con suficiente iluminación ni ventilación.

La gran cantidad de gente habitando ese espacio reducido creó una pequeña ciudad dentro de las torres. Los miles de residentes llegan a esperar hasta 15 minutos haciendo colas en pasillos estrechos para poder subir al ascensor… con 30 pisos de altura, las escaleras no son una alternativa.

En las torres, indica Paulette Desormeaux, una de las formas más populares es la venta por delivery de más de 200 productos de toda clase: desde hamburguesas hasta pantuflas. Pese al riesgo de contagio -y a que este comercio informal puede ser sancionado-, todos los días cientos de residentes salen de sus departamentos y recorren los pasillos para entregar sus pedidos, cruzándose en los ascensores y las áreas comunes.

Por fuera, los edificios lucen normales; pero por dentro un flujo constante de personas interrumpe el confinamiento, como si las torres fueran en realidad una gran galería de tiendas.

Al interior del edificio suceden todo tipo de situaciones. El uno, que no consigue salvoconducto que le permita salir a trabajar de plomero; la otra que piensa vender pan venezolano a los vecinos. Otros vecinos se preocupan de conseguir amonio para desinfectar los ascensores y espacios comunes, entre otras centenas de ideas de sobrevivencia que surgen en el edificio.

La persona que los conecta que por casualidad es enfermera, indica el artículo, lleva el registro de contagios de covid19 en la comunidad, pero no informa en qué departamentos viven los vecinos infectados. La gente los quería echar del edificio. Sin embargo, se han organizado tal que cuando se sabe de un caso confirmado o sospechoso, el piso completo entra en una cuarentena interna en ese mismo instante.

La pandemia ha creado nuevos “emprendimientos”. Jhon ofrece el lavado y secado de ropa en un carrito a los cientos de vecinos en sus propios departamentos porque varios residentes no cuentan con estos electrodomésticos en sus hogares. En el día, además, vende a sus vecinos agua purificada y por la noche lidera el negocio interno de hamburguesas que prepara con amigos de otro departamento. Su ingenio le permite, además, hacer fletes y en la bodega apila los galones de aceite para moto que compró en un remate y que ahora vende al por menor.

Jhon ya se mantiene en el edificio porque allí está el nudo de su negocio, pero no le gusta vivir en este mega edificio tan hacinado según le comenta a BBC. Con Santiago confinado, el comercio dentro de estas torres se convirtió en la mejor oportunidad de subsistencia para los migrantes lo que aumenta la competencia a los negocios de Jhon.

Otra residente, también venezolana, ofrece todo tipo de arreglos de ropa y vende botellas de jugo y paquetes de globos que compra a unos chinos del barrio.

Nadie sabe exactamente cuántos migrantes viven en el edificio. Antes de la pandemia -indica el artículo de P. Desormeaux- muchos habitantes de las torres tenían carritos de comida en el frontis del edificio o hacían comercio ambulante en las calles aledañas, pero tuvieron que retirarse por las normas de confinamiento.

Sólo en el último mes, Carabineros ha detenido a 976 personas en la comuna de Estación Central por infringir la cuarentena sin tener un permiso para estar en la vía pública. «Tenemos los calabozos llenos», afirma el mayor Francisco
Rebolledo, de la 21º Comisaría de Estación Central.

En un día cualquiera de confinamiento, en el edifico se vende desde sushi hasta sostenes, pasando por servicios de remesas, peluquería o manicure.

Los delivery internos aceptan pagos en efectivo y transferencias bancarias y promocionan sus productos y servicios en seis grupos de WhatsApp dedicados exclusivamente a ventas dentro de las dos torres. Cada uno tiene al menos 250 personas. Es un mundo paralelo donde el edificio se siente como una Venezuela en miniatura instalada en el corazón de Santiago.

Además de todos los bienes de consumo habituales, los vecinos también ofrecen otra clase de servicios como cortes de pelo a domicilio, servicios de manicure, diseños de depilación de cejas y colocación de pestañas, cambio de pantallas móviles, desbloqueo de teléfonos y reparación de electrónicos. Otro departamento funciona incluso como guardería de
niños para aliviar a los padres que salen a vender o están haciendo teletrabajo.

En un día normal pueden cuidar a dos o tres pequeños a la vez en esos espacios diminutos. La doctora en Estudios urbanos, Liliana De Simone, dice que estos departamentos de 30 metros cuadrados fueron pensados como «cabinas sanitarias», un espacio donde las personas sólo van a dormir y asearse, y rápidamente vuelven a una vida en la ciudad.
Está claro que las autoridades sanitarias -como lo confesó el ministro Mañalich- no tienen mucha idea de estas realidades y poco saben de qué hacer por la enorme distancia entre las directrices sanitarias y la realidad simple y pura.

 

Fuente: http://www.revistaprimerapiedra.cl/PDF/2020/07/pp-891_13-07-2020.pdf